martes, 11 de octubre de 2011

La Lotería no se vende


El Ministerio de Economía ha paralizado la Oferta Pública de Venta (OPV) de Loterías del Estado ante la aparente tibieza de los inversores. Los ciudadanos prefieren comprar y seguir soñando a invertir.
España es una potencia mundial en lotería. Más de la mitad de los españoles juega habitualmente y tres cuartas partes lo hacen con motivo de sorteos como el de Navidad.
Con razón decía Castelar que hay españoles que no creen en Dios pero ninguno que no crea en la lotería
Desde que el marqués de Esquilache, ministro de Carlos III,instauró en 1763 aquella lotería importada de Italia, la institución ha permanecido inalterable al paso del tiempo, protegida como monopolio estatal, a veces discutida pero nunca vetada por una autoridad paternalista que aceptaba un juego de baja intensidad, siempre que pudiese a cambio gestionar sus beneficios.
Cábalas y supercherías
Para poner en marcha aquella lotería, el marqués de Esquilache trajo de Italia a José Peya, director de la Loto napolitana y promotor de un juego que arraigaría en España como ninguno. La lotería de 1763 había tomado de Nápoles el nombre de Beneficiata recalcando el destino de las ganancias a “Hospitales y otras Obras Pías”. Sin embargo, pronto se constató que aquel impuesto amable daba demasiados beneficios como para invertirlos sin límite en obras de caridady servicios públicos.
El juego consistía en extraer cinco números de una matriz de noventa, pudiéndose apostar con libertad a uno, dos o tres números, teniendo en cuenta o no el orden de salida y escogiendo también el importe de la puja, del que dependía el premio.
El extracto o apuesta simple se pagaba a un maravedí, de ahí que el juego tomase enseguida carácter popular a pesar de lo enrevesado de las apuestasEn 1812, en plena Guerra de la Independencia, las Cortes de Cádiz aprobaban la creación de una nueva lotería de billetes, mucho más sencilla que la de apuestas y desde su origen, tanto o más eficiente en la recaudación de fondos. Desde esta fecha y hasta la desaparición en 1862 de la lotería original, convivirían en España dos loterías oficiales.
La lotería de números había despertado toda una literatura de cábalas y supercherías que conducía las apuestas de los jugadores más confiados. Por culpa de estos augurios, aquella lotería sufría a menudo una peligrosa concentración de apuestas, ya fuese por la fecha de algún acontecimiento o por una misteriosa conjunción de astros.
El caso es que una organización deficiente impedía cerrar a tiempo los números más jugados y la desconfianza en los funcionarios públicos descartaba la posibilidad de fijar los premios en función de la recaudación, cuestiones que hacían que no pocas veces, la Real Tesorería quedase en peligro de quiebra y al albur del azar.
En enero de 1862 aparecieron dos acertantes de un terno – una apuesta de tres números que se pagaba 4.000 a uno – que se llevaron más de un millón de reales cada uno, la sexta parte de la recaudación anual. Aquello despertó una fiebre que llevó a decenas de ciudadanos a apostar cantidades poco razonables por combinaciones de lo más improbable.
Terno seco
El 10 de febrero de 1862, un caballero se jugó 20.000 reales por un terno seco, suma que habría de darle 80 millones de reales, si vencía las 120.000 combinaciones que tenía en contra. Probabilidades en mano, aquella fiebre sería el sueño de cualquier administración actual, pero entonces la superstición y los malos augurios pesaban más que las matemáticas, y aquel sorteo quedó suspendido para siempre.
La desaparición de la antigua lotería dejó a los españoles ante una única posibilidad de apostar, la lotería de billetes, similar a nuestra actual lotería de décimos, pero que por entonces se dividía en cuartos y medios.
Como el cuarto de billete costaba cuatro reales los jugadores modesstos tuvieron que echar mano de su círculo social para adquirir un boleto de la nueva lotería, origen de una costumbre que ha permanecido hasta nuestros díasEl precio del billete, ni tan barato que pudiese adquirirse en solitario, ni tan caro que propiciase la aparición de loterías clandestinas, derivó en una práctica marcada por un componente social añadido. Hoy, muchos españoles juegan a la lotería porque lo hacen en grupo, porque comparten décimos con sus amigos, con sus familiares y sus compañeros de trabajo.
No se trata ya de una expectativa de ganancia, sino de estrechar lazos sociales y afectivos, un fenómeno que nos desmarca de otros países de menor tradición lotera y que explica el especial arraigo de la institución en nuestro país.

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